Mi paso por RedEx
El 16 de febrero de 2007 entré en un bonito hotel de la Avenida Icaria de Barcelona para iniciar un curso llamado Básico (¡qué nombre más poco clarificador!). Creí que trataríamos cosas relacionadas con el éxito pues algo así había oído en una charla a la que asistí tres días antes. Esto visto desde la óptica de un economista tremendamente racional, así que imaginé que aprendería a ganar más dinero. Lo que me encontré allí fue un tanto diferente a lo que había imaginado.
El formador empezó hablando de por qué a veces no tenemos lo que decimos que queremos tener, por qué muchas veces no cumplimos nuestros deseos. Las culpables indiscutibles eran las creencias limitantes, cómo nos programaron de pequeños para tomar decisiones en automático (de forma inconsciente) y cómo esas decisiones van manejándonos sin que nos demos cuenta a lo largo de nuestra vida. Incluso nos contó la historia del elefante atado a una silla a través de una delgada cuerda que no se mueve porque de pequeñito lo ataron con una fuerte cadena de hierro a un robusto árbol. Y como resulta que el elefante no puede girar la cabeza para ver la cuerda que lo sujeta, no se da cuenta de que tiene fuerza más que suficiente para romperla y desatarse.
Nos dijo que vivimos en una pecera pero que no somos conscientes de ello, que estamos tan acostumbrados a ese reducido espacio en el que nos movemos que ni siquiera se nos ocurre que hay otras posibilidades. Algo así como el Show de Truman (película protagonizada por Jim Carrey en 1998). Y lo peor era que aquello que queremos conseguir y aún no tenemos está más allá de nuestra pecera. Así que había que salir de la zona cómoda y hacer cosas que no se nos ocurriría nunca hacer.
La base del entrenamiento era el poder de la declaración. Cuando quieres algo, el primer paso es definirlo correctamente y luego declararlo al Universo. Llegados a este punto podemos ponernos místicos o no. La idea simplemente es que cuando declaras lo que quieres, todo tu ser se alinea con ese objetivo y de predispone a conseguirlo.
Y llegó el punto clave: la importancia de ser nuestra palabra; es decir, cumplir con aquello a lo que nos comprometemos. Cada vez que fallas a tu palabra, decía aquel señor que irradiaba energía y pasión, pierdes un poco de confianza en ti mismo y, por supuesto, también pierdes la confianza de los demás. Así que para conseguir lo que te propones, incluso aunque sean cosas que parezcan imposibles, la clave es declararlas y tomar acción hacia el éxito independientemente del estado de ánimo de cada momento, comprometidos a ser nuestra palabra.
Ahí estaba yo, sentado desde hacía rato escuchando y absorbiendo todo lo que aquel hombre nos decía. ¡Tenía tanto sentido! Era un discurso coherente y verosímil, aunque en aquel momento estaba haciendo un acto de fe.
Apenas llevaba dos horas hablando cuando nos preguntó qué queríamos conseguir en la vida que aún no teníamos. Me tenía alucinado con todo lo que había dicho en su exposición inicial. Levanté la mano y le espeté:
– Quiero hacer lo que tú haces. Por cierto, ¿cómo se llama?.
– Entrenador de Inteligencia Emocional – fue su respuesta.
Así que no era un formador, sino un entrenador. Y entonces nos leyó unas reglas de juego para los tres días que duraría el entrenamiento Básico y todos estuvimos de acuerdo en aceptarlas. Eran cosas razonables tales como llegar a tiempo después de cada descanso o no explicar las dinámicas que viviríamos a personas de nuestro entorno porque tenían un efecto sorpresa y, si se las contábamos, sería como arruinarles el entrenamiento en el caso en que quisieran vivirlo algún día.
A partir de ese momento terminó la parte teórica y después de un primer descanso empezamos el entrenamiento. Nos pusieron a jugar y después de cada dinámica el entrenador nos hacía una reflexión, viendo el paralelismo entre como habíamos participado en el juego y como vivíamos la vida. Me llevé más de una sorpresa, no todas positivas.
Tuve oportunidad de reír y llorar, pero sobretodo de descubrir aquellas cosas de mi forma de vivir que me estaban llevando a conseguir lo que me proponía en algunos casos pero que también me estaban llevando a no tener relaciones sanas con las personas de mi entorno. Después de años siendo conocido en la universidad como “Manu, mala leche”, por fin entendí por qué me llamaban así. Y no fue una experiencia divertida ni agradable, aunque sí muy poderosa.
El domingo por la tarde vino mi mujer a buscarme. Todos habíamos invitado a alguna persona de nuestra familia o amigos para que vinieran a una pequeña graduación que se hacía al cerrar el entrenamiento. Me encontró roto, llorando como no me había visto nunca, dándome cuenta de mi pecera y de lo que había descubierto que quería hacer a partir de ese momento.
Sólo recuerdo que, entre lágrimas, le dije dos cosas:
– Te quiero – fue la primera;
– Quiero ser entrenador de Inteligencia Emocional – la segunda.
Ella me miró fijamente, se rió, y me preguntó:
– ¿Me estás diciendo: Mamá, quiero ser artista? Pues hazlo. Siempre has decidido lo que quieres y sabes que te apoyo.
Nueve años después me pongo frente a los más diversos grupos de personas a explicarles que pueden alcanzar sus sueños, que sólo hace falta que los tengan claros, que vean la pecera en la que viven, que tomen acción para romperla y salir de su zona de confort,… Nueve años después, cuando alguien me pregunta a qué me dedico, le contesto: “Soy Entrenador de Inteligencia Emocional”.
Manu Ramírez
Director Formación de ESINEC