No me cansaré de decirlo: me encanta tener una visión de la vida que quiero crear.
Una visión un tanto alocada, que parezca imposible, pero que no lo sea del todo.
O que lo sea en las circunstancias actuales, pero pueda hacerse realidad en un futuro, creando algo nuevo.
Decía Bernard Shaw: “El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo. Así, el progreso depende del hombre irrazonable”.
¡Cuánta razón tenía! Una de las cosas que más me fastidian es estar hablando con alguien de algo que debería mejorar o algo que creemos injusto… y que de pronto la otra persona diga: “bueno, pero es lo que hay”.
Pues si “lo que hay” no funciona, ¡cambiémoslo! Manda huevos, que diría Trillo.
El conformismo es una actitud que nunca he terminado de entender. Una cosa es la aceptación. Aceptar algo es tan simple (y a la vez tan complejo) como hacerse a la idea de que lo que es, es. Pero no asumir que además no puede cambiar.
El origen de todo sufrimiento es la no aceptación. El rechazo a lo que hay causa enfado, dolor, rabia… sufrimiento. Eso no es productivo, claro.
Pero una cosa es aceptar una situación y otra muy diferente es conformarse con ella y hacerse a la idea de que no se puede cambiar.
¿Y si fuéramos un poco irrazonables y tratásemos de cambiar lo que hay? Si no hubiera sido así, seguiríamos viviendo en cavernas y comiendo animales recién matados, sin cocinar.
Así que una persona irrazonable se permite soñar, imaginar un futuro impredecible en algún aspecto de la vida, tener la cabeza en las estrellas…
Y los pies en el suelo, obviamente. Lo contrario es ser un descerebrado. Hay que distinguir entre visionario y loco.
Me gusta hacer distinciones, clarificar conceptos, separando unas cosas de otras.
Así pues, una cosa es ser irrazonable (estar fuera de la razón y la lógica, de lo ya establecido) y otra totalmente diferente es ser irresponsable (no tener en cuenta las circunstancias actuales o las consecuencias de algo).
Tener los pies en el suelo puede ser calcular las posibles consecuencias de lo que vamos a hacer y tener claro si las podemos asumir o no.
O bien puede ser valorar las circunstancias actuales para decidir si es o no buena idea emprender algo.
Pondré un ejemplo de lo que no es tener los pies en el suelo. Es algo que sucedió hace muchos años en un país muy lejano (como dicen los cuentos)…
Un hombre leyó algo de crecimiento personal, a todas luces insuficiente, y decidió que podía hacer cualquier cosa. Él nunca había aprendido a nadar, pero quería lograrlo. Así que se tiró al río y… se ahogó.
Éste es un claro ejemplo de tener la cabeza en las estrellas… y los pies también. Y a consecuencia de personas así el coaching y el crecimiento personal a veces se ha ganado mala fama.
No hay que confundir irrazonable con irresponsable, atrevido con estúpido.
Si no sabes nadar y piensas que puedes hacer cualquier cosa, está perfecto. Esa idea te llevará a superar tus propios límites y lanzarte por eso que quieres.
Pero no te tires al río sin más. Pon los pies en el suelo, date cuenta de que en estos momentos no sabes nada, y contrata a un profesor de natación, ponte un flotador y unos manguitos…
La cabeza en las estrellas, soñando con todo lo que quieres crear en tu vida, visualizando esa vida wow que quieres vivir…
Y los pies en el suelo, evaluando la situación actual, analizando qué recursos necesitas para llegar a donde quieres (y si ya tienes esos recursos o los has de conseguir) y estudiando las posibles consecuencias de lo que deseas emprender.
Ésta es, para mí, una de las claves más importantes del éxito: tener el corazón caliente y la cabeza fría(permitirte sentir lo que deseas, pero también analizar honestamente la realidad).
A fin de cuentas, Bernard Shaw nos decía que el progreso depende del hombre irrazonable. No decía que depende de los locos o de los tarados.
Y dicho esto, ¿te atreves a soñar?
Feliz semana,
Por Manu Ramírez
Director General ESINEC