El poder de las creencias
Aún recuerdo, como si fuera ayer, cuando me quedé colgando de la cuerda en el gimnasio del colegio, intentando ascender por ella, sin ser capaz de elevar mi cuerpo más que unos diez o quince centímetros.
Mis compañeros de clase reían y mi profesor me miraba con cara de pocos amigos. Supongo que estaba pensando algo así como: “Con este chico no hay nada que hacer”.
En otra ocasión, otro examen de educación física, había que saltar el plinton o potro de cajones (más bien diría “el potro de los cojones”, pero dejémoslo pasar).
Esta vez fue aún peor: cogí carrerilla, calculé mal y me pegué un leñazo tremendo, estampando mi cara primero y el resto del cuerpo después en aquellas maderas procedentes del mismísimo infierno.
Esta vez la escena era algo distinta: mis compañeros de clase reían (panda de cabrones) mientras mi profesor corría hacia mí, creyendo que me había matado.
Y lo más humillante de todo es que el examen de educación física o gimnasia, como la llamábamos entonces, era el único que se hacía en público.
El resto de las asignaturas se me daban bastante bien. Pero eso nadie lo veía. Sólo quedaba constancia de mi ineptitud en todo lo físico.
Además, no me gustaba ni el fútbol ni el básquet, que eran los dos únicos deportes que se podían practicar en el patio del colegio.
Así que yo me pasaba el tiempo del recreo con las chicas, dándole a la sin hueso.
¿Qué pasó entonces? Lo obvio: me hice a la idea de que yo no servía para el deporte, sino solo para los estudios. Era bueno en todas las demás asignaturas, pero incapaz de practicar ningún tipo de deporte.
Asumida esa creencia como una verdad absoluta, fueron pasando los años.
Cuando llegó la adolescencia, quería tener un buen físico para gustar, como muchos otros chicos. Así que me apunté al gimnasio. Pero me encontraba fuera de lugar.
Ni pesas, ni aeróbicos, ni piscina… todo se me hacía un mundo. Lógico: yo no servía para el deporte. Así que podía pagar el gimnasio, pero no podía ejercitarme ya que yo no valía para eso.
Tuvieron que pasar muchos años de frustración y de no gustarme lo que veía en el espejo hasta que una coach y un entrenador personal me apoyaron a cambiar esa creencia.
Primero necesité darme cuenta de que era una creencia y no una realidad. Algunas preguntas me apoyaron a hacerlo.
“¿Nunca has hecho ningún tipo de deporte?” Ahí recordé que yo había hecho mucha bicicleta con mi padre. Y había hecho un curso de equitación. Y había nadado bastante en el mar…
“¿Tienes algún tipo de minusvalía o discapacidad física que te impida hacer deporte?” Era evidente que no. Sólo que nunca lo había hecho (y ni siquiera eso era del todo cierto, según acababa de recordar).
“Entonces, ¿tienes menos capacidades que los demás o es que no las has entrenado?” Ahí me había dado. Claro, si no había practicado deporte, era lógico que no se me diera bien… todavía. Pero no es que no sirviera.
Recuerdo varios momentos como éste que acabo de describir en los que tanto mi coach como mi entrenador personal me hacían las preguntas adecuadas para que yo rompiera esa creencia falsa.
Al creer que no servía para el deporte, pensaba que no valía la pena intentar practicar nada, eso me hacía sentir incapaz, no hacía nada y entonces seguía flaco como un espagueti.
Medía metro setenta y tres y pesaba cincuenta y ocho kilos; así que era como la radiografía de un suspiro.
Empecé a levantar pesas y a correr por las mañanas. Descubrí el poder que tenían las creencias y decidí formarme en coaching para apoyar a otras personas a conseguir lo que quieren.
Ahora lo tengo claro:
1.- Lo que crees determina lo que piensas.
2.- Lo que piensas determina lo que sientes.
2.- Lo que sientes determina lo que haces.
3.- Lo que haces determina tu resultado.
Parece simple, ¿verdad? Pero ahora vamos a rizar el rizo: la mayoría de nuestras creencias y nuestros pensamientos son inconscientes; es decir…
No nos damos cuenta de qué pensamos ni de qué creemos.
De manera que el apoyo de un buen coach puede ser beneficioso para desatascar ciertas situaciones, si el resultado que estás obteniendo no es el que quieres.
¿Ya sabes qué te frena? ¿Qué crees que es?
Feliz semana,
Por Manu Ramírez
Director General ESINEC